
Con el padre Hernán en el techo del mundo
La respiración silba, las rodillas protestan en voz baja y el horizonte parece desvanecerse en el azul profundo del cielo. Bienvenidos a los Andes bolivianos, donde el aire es tan enrarecido que cada pensamiento debe ser meditado dos veces antes de expresarlo. Aquí arriba, el ritmo de la vida cambia. El paso se vuelve más lento sin quererlo, pero la mirada se agudiza aún más.

Los Andes bolivianos: la vida a más de 4.000 metros
Entre cumbres escarpadas y vientos gélidos, el polvo de la pista se levanta bajo las botas de montaña. El sol quema sin piedad la piel, mientras que el viento intenta congelar la punta de la nariz. Un día laboral más para un hombre extraordinario: el padre Hernán Tarqui.

El verdadero corazón de los Andes: la vida en condiciones extremas
Quien quiera sobrevivir aquí, debe adaptarse:
El paisaje: árido, salvaje y de una belleza agreste. El marrón terroso y el ocre de las laderas de las montañas solo se ven interrumpidos de vez en cuando por el verde intenso de un valle fluvial escondido o el blanco resplandeciente de un glaciar lejano.

El refugio: Pequeñas casas construidas con ladrillos de adobe se acurrucan, casi invisibles, en las laderas. La lana de las ovejas y las alpacas no es aquí una moda, sino el seguro de vida contra el frío glacial de la noche.

«Estos senderos no son rutas de senderismo para aventureros», susurra el viento con un tono casi épico. «Son las arterias vitales de las personas que desafían el aislamiento».

El encuentro: poco frecuente, pero marcado por una hospitalidad profunda y sincera. Un saludo silencioso en quechua o aimara, un rostro curtido por el clima: esa es la moneda con la que aquí se paga el respeto.
El ascenso: la capilla sobre las nubes
Decidimos tomar el camino más difícil. Subimos, seguimos subiendo, hasta más de 4,000 metros. Nuestro destino es una de esas pequeñas y remotas parroquias que cuelgan de los acantilados como nidos de águilas.
El padre Hernán Tarqui va al frente. Mientras nosotros, los tiroleses de las llanuras, luchamos por respirar como peces fuera del agua, el padre nos cuenta con voz tranquila sobre su misión. No está aquí para dar grandes discursos desde un púlpito dorado. Su ministerio está dedicado a los más pobres entre los pobres: esas familias que el gobierno central de La Paz suele olvidar.
Para ellos, el padre Hernán es más que un capellán. Es el enlace logístico con el mundo exterior, alguien que los escucha y, a menudo, el único que se asegura de que todo esté bien cuando el invierno bloquea los pasos de montaña.
Un altar de piedra y esperanza
Al llegar a la cima, se abre una vista hacia un valle protegido del viento, en el que el tiempo parece haberse detenido de verdad. La diminuta capilla de ladrillos de arcilla no tiene un portal suntuoso, pero sus puertas están abiertas.
Como bienvenida, hay una sonrisa que va más allá de cualquier frase formal. Se comparte lo que hay: unas cuantas papas, un té caliente de hojas de coca para combatir el mal de altura e historias que se han transmitido de generación en generación.
Aquí arriba, donde el cielo está más cerca de las montañas, queda claro: el trabajo del padre Hernán no se mide en diezmos ni en edificios grandiosos. Se mide en los metros polvorientos que recorre cada día y en la sonrisa orgullosa y serena de las personas a quienes les demuestra que no están solas.
El padre Hernán Tarqui al servicio de los más pobres en las montañas de Bolivia

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