
La peregrinación mágica al Tata Bombori
La Puna, en el altiplano boliviano, no es un lugar para los débiles. Cuando en junio y julio el gélido viento invernal azota el Altiplano, parece que el tiempo se detiene. Pero es precisamente entonces, en la época más fría del año, cuando uno de los rincones más fascinantes de Bolivia cobra vida. Miles de peregrinos se dirigen a Pumpuri, un pequeño pueblo al norte de Potosí, para visitar a un ser tan amado como temido: Tata Bombori.

Esta es la historia de una leyenda centenaria en la que la espada de los conquistadores se entrelaza con la mística de los Andes.

La noche en que el jinete se quedó
La historia comienza en una época en la que hombres venidos de más allá de los mares, con la cruz y la espada, llegaron para someter al Nuevo Mundo.

Era una noche negra como la boca del lobo y gélida en la meseta. Solo el sordo repiqueteo de los cascos de los caballos rompía el silencio. Un jinete español se abría paso a duras penas por el despiadado paisaje andino cuando la naturaleza desató toda su furia: se desató una lluvia torrencial, los relámpagos destellaban en el cielo como látigos al rojo vivo y los truenos sacudían la tierra.

En medio del caos ocurrió el percance
El jinete se bajó del caballo para atender una necesidad urgente. Un rayo particularmente fuerte asustó tanto a los caballos que estos huyeron en la oscuridad.
De repente, el orgulloso conquistador se quedó solo, indefenso ante el frío mortal de la Puna. Por un sendero empinado, bajó a trompicones hacia el valle de lo que hoy es Pumpuri. A la pálida luz de los relámpagos, divisó un pequeño asentamiento y una casa de adobe un poco más grande que las demás. Entró, sintió el calor salvador… y nunca más se fue.

Del jinete desaparecido a «Tata Bombori»
Pasaron los siglos. La historia del jinete se convirtió en leyenda, hasta que un grupo de mineros se topó con algo increíble cerca del antiguo asentamiento: encontraron una figura de un santo en medio de las rocas. Representaba precisamente a ese misterioso caminante, aunque sin caballo.

Los mineros llevaron la figura de regreso a Pumpuri, precisamente a esa casa de adobe que en su momento había dado refugio al jinete. Desde ese día, él vive allí por voluntad propia como Tata Bombori (Santiago Peregrino).
No es un santo cualquiera. Verlo en el interior de la casa resulta imponente y un poco inquietante:
En la mano derecha sostiene la Biblia.
En la mano izquierda brilla una espada.
En su pecho lucen el Corazón de Jesús y la luna de la Virgen María, magistralmente labrados en plata.
El hollín, los milagros y el temor a la ira
La devoción de los peregrinos en junio y julio no conoce límites. Debido a que a lo largo de los años se encendieron tantas velas en honor al santo, la casa original de adobe terminó por quemarse por completo. Los habitantes del pueblo construyeron de inmediato una nueva casa de ladrillo, más moderna, justo al lado. Sin embargo, a Tata Bombori ni se le pasó por la cabeza mudarse: permaneció fiel en los restos ennegrecidos por el humo de la casa que él mismo había elegido como su hogar.
Hoy en día, las paredes están de un negro intenso por el hollín de las velas, lo que le da al lugar una energía mística casi palpable. Quien entra aquí, a menudo lo hace de rodillas, atormentado por las preocupaciones o lleno de profunda gratitud.
El ritual del sincretismo
La peregrinación, que culmina el 25 de julio con la fiesta de Santiago Apóstol, es una mezcla embriagadora de fe católica y tradiciones indígenas:

La Ch’alla: los peregrinos traen sus autos nuevos para rociarlos ritualmente con alcohol (ch’allaren), con el fin de que Tata Bombori los proteja en las peligrosas carreteras de montaña.
Las ofrendas: además de velas y oraciones, incluso se sacrifican corderos en honor al santo.
La fiesta: Tras las oraciones en silencio en la acogedora cabaña, iluminada por la luz de las velas, el pueblo literalmente estalla en misas, procesiones, bailes folclóricos y coloridas ferias.
Un dios al que es mejor no enfadar
Celso Durán, un camarógrafo del gobierno de Potosí, tuvo la oportunidad de observar la figura de cerca para un documental y de que la sacaran de su urna protectora. Él confirma: «Ahí me di cuenta de que la gente dice la verdad. De este lugar emana una energía que solo se entiende si uno va allí con fe».
Pero hay que tener cuidado. Si bien Tata Bombori tiene fama de curar enfermedades y otorgar prosperidad material, también tiene un lado oscuro. A diferencia de su «hermano», Santiago de Chaquí (quien cabalga sobre un caballo blanco y pisotea al diablo), Tata Bombori castiga sin piedad a quienes se comportan mal o le faltan el respeto. Los fieles hacen todo lo posible por no provocar su ira.
Al final del día, cuando el alcohol corre a raudales, los bailarines están agotados y el frío de la noche vuelve a invadir Pumpuri, Tata Bombori sigue velando desde su choza llena de hollín por los más pobres de las montañas de Bolivia, tal como lo decidió hace siglos en aquella noche de tormenta.
El padre Hernán Tarqui al servicio de los más pobres en las montañas de Bolivia

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