
Les invito a acompañarme en este viaje
Dejemos atrás las calles asfaltadas y adentrémonos por los caminos polvorientos y llenos de baches que suben hacia las escarpadas zonas altas del departamento de Potosí. Este es el tipo de viaje que no se encuentra en ninguna guía turística: una mirada profunda a una vida marcada por las privaciones, pero también por una increíble resiliencia.

De camino a Ayoma: el agreste Altiplano
El aire enrarecido de los Andes: nos encontramos a más de 3.400 metros de altura. Cada respiración nos recuerda lo implacable y extremo que puede ser este entorno.

El paisaje de la Puna: Por la ventana se extiende la belleza árida y vasta del altiplano boliviano. Formaciones rocosas escarpadas, pastizales secos y las imponentes siluetas de las montañas, que se recortan contra el viento frío.

La vida tal como es: Lejos de los típicos centros turísticos como el Salar de Uyuni o la Isla del Sol, aquí se muestra la vida auténtica, a menudo dura, de la población indígena rural. Es un mundo en el que la naturaleza dicta el ritmo de la vida cotidiana.

En su incansable labor: el padre Hernán Tarqui
Allí donde termina el asfalto y el apoyo del gobierno suele escasear, late el corazón de la solidaridad. El trabajo del padre Hernán Tarqui en esta región remota es mucho más que un simple acompañamiento espiritual:

Es el servicio cotidiano y práctico a los más pobres: el compromiso para que no se olvide a las personas de los pueblos de montaña más remotos ni a los niños de las escuelas de altura. Cada kilómetro recorrido por estas pistas es un camino hacia las personas que más necesitan apoyo y esperanza.

Así que estamos sentados en el vehículo, el motor se esfuerza por subir las pendientes y el polvo de la pista se levanta detrás de nosotros.

¿Cómo es nuestro viaje concreto hoy? ¿Partimos directamente de Macha? ¿Y cuál es la primera imagen que nos encontramos al acercarnos a Ayoma?
El padre Hernán Tarqui al servicio de los más pobres en las montañas de Bolivia

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